Infarto en pleno éxtasis: el dramático relato de un músico tras sufrir un ataque al corazón
El Mono Kapanga, ese nombre que resuena en el rock argentino como sinónimo de energía y autenticidad, esconde tras su apodo una identidad que muchos desconocen: Martín. «Lo tengo recontra asumido», confiesa con naturalidad, aunque admite que ser *El Mono* no siempre es tan sencillo como parece. Detrás del personaje que ilumina los escenarios hay un hombre que ha perdido la privacidad para siempre, obligado a sonreír incluso cuando el alma pesa. «Tenés que mostrar que estás bien para el afuera, aunque a veces no estés bien ni para el afuera ni para adentro», explica, como si la fama fuera un disfraz que no se puede quitar ni en los días más grises.
La vida de un músico suele idealizarse, pero él la describe sin rodeos: «Es re-aburrida». Sin embargo, aclara con humor, «yo me aburro bien». No es el típico artista que necesita el bullicio de los afters o la compañía constante. Al contrario, disfruta de su soledad, aunque no esté del todo solo: comparte su hogar con su hijo de 24 años y dos perras que, dice, son su refugio. «Vivo con un hijo que a veces parece mi papá», bromea, reconociendo que ese joven ha sido tanto un sostén como un maestro. «Me enseñó un montón de cosas, igual que mi viejo». Las vacaciones, por ejemplo, son sagradas: del 15 de diciembre al 23 de enero, el mundo puede esperar.
Pero, ¿dónde se esconde el Mono cuando la tristeza acecha? «En el espejo, bastante», responde con franqueza. Allí, frente a su propia mirada, se permite ser vulnerable. También en sus perras y en ese hijo que, sin proponérselo, se convirtió en su cómplice. «A veces está bueno y a veces no está tan bueno», admite sobre la soledad, como si fuera un equilibrio frágil entre la paz y el vacío.
La historia de su relación con La Mona Jiménez, otro ícono del rock y la cumbia argentina, es casi un cuento de encuentros casuales que terminaron en amistad. El primero fue en 1988, durante el primer show de La Mona en el Luna Park. «Me subí al escenario, lo abracé, me saqué una foto y me bajé», recuerda. Al año siguiente, en el mítico local Cemento, volvió a colarse entre las tablas, esta vez sin foto, pero con el privilegio de quedarse atrás, observando el espectáculo como un espectador privilegiado. Sin embargo, el verdadero vínculo nació en 1998, cuando grabaron juntos el primer disco de Kapanga. «Ahí me lo presentaron formalmente y le pude contar mi historia», relata. Desde entonces, la conexión entre ambos trascendió lo profesional. «Con La Mona sigo teniendo una relación fantástica», asegura, como si el tiempo no hubiera pasado entre ellos.
Ser *El Mono* es, en definitiva, un acto de equilibrio: entre la fama y la intimidad, entre la euforia del escenario y la calma del hogar, entre la máscara del artista y el hombre que se mira al espejo. Y aunque a veces el peso de esa dualidad se sienta, él lo lleva con la misma naturalidad con la que sube a un escenario: sin quejas, pero sin fingir que todo es perfecto.




